Bogotá, D. C.

Aquí sí pasa, Bogotá, mi Ciudad, mi Casa. Cuando se habla de la Línea 1 del Metro de Bogotá, es común pensar en pilotes, estaciones, viaductos y grandes equipos de construcción. Sin embargo, detrás de cada avance existe un trabajo silencioso y permanente que resulta igual de importante: proteger el entorno mientras la ciudad construye el sistema de transporte que transformará su futuro.

En las localidades de Kennedy y Puente Aranda, esa misión está liderada por Paola Castañeda, administradora ambiental de la Universidad Distrital, quien cuenta con más de 15 años de experiencia en proyectos de infraestructura. Como residente ambiental del tramo, coordina un equipo que trabaja diariamente para garantizar que cada actividad constructiva cumpla con la normatividad ambiental y se desarrolle de manera responsable.

Su labor comienza incluso antes de que inicien las actividades en obra. A partir de la programación de construcción, se identifican los posibles impactos ambientales y se definen las medidas necesarias para prevenirlos o mitigarlos. Este trabajo articulado con los equipos técnicos permite que el desarrollo del proyecto avance bajo criterios de sostenibilidad y respeto por las comunidades vecinas.

Paola Castañeda en medio de la obra con sus compañeras

Uno de los frentes de mayor atención es la gestión integral de los residuos. El equipo ambiental supervisa que los materiales generados durante la construcción sean clasificados, transportados y entregados a gestores autorizados, promoviendo su adecuado aprovechamiento y evitando que terminen en rellenos sanitarios cuando existen alternativas de manejo.

A este reto se suma una situación que no hace parte de la obra, pero que requiere atención constante: los residuos abandonados por terceros en las zonas intervenidas, conocidos como residuos clandestinos. Estos materiales pueden afectar el desarrollo de las actividades y generar impactos sobre el espacio público. Para atender estos casos, el proyecto trabaja de manera articulada con el operador de aseo, facilitando su recolección y disposición adecuada.

La calidad del aire también hace parte de las prioridades. Para reducir la emisión de material particulado, se implementan medidas como la humectación permanente de las superficies, el control del adecuado cubrimiento de las volquetas y jornadas de sensibilización con los conductores para promover velocidades seguras dentro de las áreas de trabajo. De igual manera, se realizan inspecciones a la maquinaria con el fin de detectar oportunamente posibles fugas o goteos que puedan convertirse en residuos peligrosos, activando los protocolos establecidos para su manejo.

Todas estas acciones son verificadas en campo por un equipo de inspectores ambientales que realiza recorridos diarios por las zonas de obra. Su labor consiste en identificar novedades, reportarlas oportunamente y coordinar, junto con el residente ambiental y los equipos de construcción, la implementación de acciones correctivas que permitan minimizar cualquier impacto.

Este trabajo, que muchas veces pasa desapercibido para quienes transitan por el corredor, demuestra que construir el Metro de Bogotá va mucho más allá de levantar una gran infraestructura. Significa asumir la responsabilidad de proteger el entorno, cumplir con los más altos estándares ambientales y trabajar de manera coordinada para que el progreso de la ciudad también sea un compromiso con la sostenibilidad.

Porque cada avance de la Línea 1 del Metro de Bogotá no solo acerca a la ciudad a un sistema de transporte moderno y eficiente; también refleja el esfuerzo de profesionales que, día tras día, velan por que este proyecto se construya con respeto por el ambiente y por el bienestar de las comunidades que hacen parte de su historia.
 

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